lunes, 22 de agosto de 2016

Con amigos de G.B. recordando viejos tiempos

Cuando era chico y miraba 'Los picapiedras' (The flinstones) en dibujos animados al mediodía, no entendía esto de juntarse con amigos en un club, o en una 'logia'. Era el nombre que le ponían a quienes se juntaban en 'Piedradura' para celebrar algo.
Algo así sucede con estos encuentros que convoca mi amigo 'Grillo'.
La de 'Los picapiedras', se llamaba la logia de los búffalos; los que nos reunimos en GB aún no tiene nombre.

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Esta vez no vinieron todos los convocados pero igual se compartió pizza sin champagne, se habló sobre medios de comunicación, cine, fotografía, nuevos proyectos y quedamos en encontrarnos el próximos mes. Como siempre esos relatos que se transforman en mitos y leyendas iran a una nueva novelita (así les adelanté) sobre nuestros grandes personajes de Grand Bourg.





Grillo me ha regalado algo de los Beatles
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Abajo recuerdo los 50 años del albúm REVOLVER
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domingo, 15 de mayo de 2016

Algunas imágenes de la presentación en la 42 Feria del Libro de Buenos Aires






Espíritus (en el mundo de la materia)

Un libro, dos historias en paralelo

El domingo 8 de mayo a las 17, se presentará la primera novela de Carlos Liendro “Espíritus” (en el mundo de la materia), en el Stand de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) de la 42º Feria del Libro de Buenos Aires. Se trata de una pequeña novela que lleva en paralelo dos historias, lo que sucede en Salta durante la década del 40 y lo que sucede en Europa durante la guerra y la posguerra.
La historia de Zacarías trabajando en los ingenios y el ferrocarril y la llegada de un profesor salido de Austria llegando a California. Lo que ambos tienen en común es el pasaje del medioevo a la modernidad, la ciencia y las creencias religosas.
Un extracto en la contratapa de la novela dice:
“Tenía el mapa en su cabeza para cruzar el río de Lerma en la parte baja y llegar detras de la quebrada al amanecer. Su viaje duró dos días, donde apenas paró unas horas, para masticar coca, sentado bajo un árbol tupido. Cuando cruzaba la segunda noche, su caballo se detuvo y comenzó con un relincho largo en medio de una pampa vacía. Quería apurarlo, pero el animal le corcoveaba y se tiraba para atrás. Era como si encontrara algo en esa oscuridad que Zacarías no podía ver. Asentó su mano sobre el cuchillo y tiro de las riendas, pero el caballo no avanzaba.
Un movimento con un sonido cercano de pisadas fue lo primero que escuchó, de lo otro solo sintió un planchazo en la cara primero y luego en la espalda. Bajó como pudo y con el cuchillo en mano, agarró su poncho para revolearlo a esa sombra que largaba una carcajada. Le parecía que se movía en círculos cuando sintió un olor a azufre”.
“Europa era el pasado que había que olvidar. Uno de los libros que había venido leyendo durante el viaje en barco era ‘Malleus Maleficarum’, publicado en latín por el siglo XV, y utilizado en la inquisición para enviar a presuntas brujas a la hoguera.
Como había descubierto a Freud, buscaba con qué materiales el patriarca vienés había elaborado ese texto que le llegó: ‘Una neurosis demoníaca en el siglo XVII’. Se había documentado en Inglaterra sobre el caso de Christoph Haizmann. Este era un pintor bávaro quien decían que había firmado un pacto con el diablo. Ocho años después sufría de convulsiones de las que se curó por un exorcismo. El enigma que le despertaba la lectura de Freud, era como hacía aparecer al padre como sustituto del diablo. El pintor luego llevó una vida monacal y volvía a estar en presencia del Maligno, cada vez que bebía de más.”
“La idea de escribir estas historias en paralelo era dejar abierta la posibilidad de continuarlas. Tal vez sigan como ficción en cuentos, guiones, o como documentales. Lo importante en esta pequeña primera novela era encontrar una ‘voz’, como he leído que dicen los novelistas”.
Sobre el autor
Lic. Carlos Liendro (Ciudad de Buenos Aires, 1957). Ha escrito ensayos de epistemología, psicología, teatro, ciencias. Tiene su columna de periodismo (digital). Ha realizado guiones y filmado documentales de cine.
Sus artículos se han publicado en Italia, España, Suecia, México, Chile, Uruguay, Brasil, en revistas culturales y de divulgación científica. Fue profesor en la UBA (Psicología y Medicina), en la Universidades de Lomas de Zamora, La Plata, General Sarmiento y docente e investigador en la UNLaR. Actualmente enseña en la UNPaz y en el Profesorado 112 de Educación Especial. Licenciado en Psicología (UBA) y Trabajo Social (UNLZ), obtuvo su Especialización en Metodología de la Investigación Científica (UNLa).
Sus blogs y facebook como sus Seminarios de Investigación Interdisiciplinaria y Talleres de formación se pueden ver en www.pulsacion.org

Murales de Grand Bourg




domingo, 28 de febrero de 2016

De Grand Bourg para el mundo: Hoy Guillermo Piccolini


 Guillermo Piccolini Músico, productor y compositor argentino.
Miembro fundador del grupo multiplatino español Los Toreros Muertos (junto a Pablo Carbonell y Many Moure), el dúoPachuco Cadáver junto a Roberto Pettinato y Venus junto a Marina Olmi. Ha trabajado junto a diversos artistas tanto en España como en Argentina. Algunos de ellos: Susana RinaldiDaniel MelingoTodos Tus MuertosEl Otro YoPatricio Rey y sus Redonditos de RicotaAndrés CalamaroMan RayPochDwomoLions in LoveJavier López de GuereñaMimi Maura y muchos más. (de wikipedia)
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(N d E) Es uno de los que 'nunca se fue y siempre está volviendo' (como decía Pichuco). Esta es una entrevista que le hicieron en el suplemento Radar de Página 12 hace tiempo. Su música se puede escuchar en muchos documentales de Canal (A).
¿Qué hacía un joven con aspiraciones musicales yendo a buscar acción tan lejos de casa? “Es que desde Grand Bourg me quedaba más cerca Madrid que Buenos Aires”, bromea Piccolini, y al mismo tiempo lo dice bien en serio. “Necesitaba huir lo más lejos posible de mi casa”, apunta este hijo de dentistas que debía seguir el camino familiar.

Cadáver exquisito


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Allá a comienzos de los ’90, medio muertos de hambre y sin proyectos, Guillermo Piccolini le dio un techo a Roberto Pettinato durante una mala época en Madrid. En vez de ver tele empezaron a ensayar: uno mostró lo que se había llevado de Sumo con él, y el otro su proverbial capacidad para armar algo de la nada. Así nació Pachuco Cadáver, un dúo musical excéntrico como pocos, largamente celebrado por la crema del rock en España y fugazmente conocido en Buenos Aires por la tapa de un disco en la que aparecían desnudos. Ahora, sin que nadie se los pida, vuelven a tocar, y Radar aprovecha para presentar a la mitad menos conocida del grupo.
por Martín Pérez

Uno está de pie, el otro arrodillado. Cada uno tiene abierto sobre su cabeza un paraguas negro de los más baratos, aunque no esté lloviendo. Entre ambos hay un globo terráqueo inflable, con la Antártida y el extremo más al sur de América orientados hacia la cámara, y ellos tienen la mirada perdida, como en el medio de alguna visión, de algún trance. Por último, el detalle más importante: la foto es de cuerpo entero y los dos fotografiados están de frente y completamente desnudos.
Según precisa Guillermo Piccolini, en aquella sesión también se fotografiaron con ropa. Pero a él y a Roberto Pettinato les gustó la inocencia sepia de la foto tan comentada que terminó en la tapa del disco debut de Pachuco Cadáver, el grupo que formaron juntos en aquel Madrid de comienzos de los ’90. “Era como una foto erótica del siglo XIX”, se ríe el integrante del dúo que no es un famoso televisivo. “En realidad, esas fotos las hicimos para acompañar un demo que mandamos a los sellos discográficos que más nos gustaban, como los británicos de 4AD”, recuerda Piccolini, y explica que la idea era que esa gente se decidiese a poner play justo con su casete entre todos los que debían recibir diariamente, y por eso eligieron incluir esa foto. “Queríamos que los tipos se preguntasen: ¿Pero estos freaks quiénes son? Y al menos escuchasen un tema. Pero pocos respondieron a ese envío. Y los pocos que lo hicieron fue para decirnos que nos les interesaba”, se ríe hoy Picco, recordando el origen de aquel extraño desnudo tantas veces comentado, no sin malicia.
“No sé cómo fue que aquel casete terminó en la tapa del disco que finalmente nos editó Subterfuge, un pequeño sello independiente español, pero a pesar de todas las bromas que nos hemos tenido que aguantar, creo que terminó siendo una buena decisión. Porque, efectivamente, gracias a la foto fue que la gente se detuvo a escuchar el delirio musical de estos dos freaks capaces de salir en bolas en la tapa de su disco. Y eso también es Pachuco Cadáver”, se entusiasma Piccolini con el grupo que, junto a Pettinato, ha decidido reunir en Buenos Aires dos décadas más tarde. “No es a pedido del público, sino a pesar de él”, bromea el tecladista refiriéndose al carácter eminentemente alternativo que siempre tuvo el dúo. Celebrado, sin embargo, por la escena madrileña en su aparición, Pachuco llegaría luego a habitar brevemente la noche under porteña, permitiéndole a Pettinato demostrar qué parte de Sumo se había llevado consigo, antes de empezar a frecuentar los medios.
Bautizados con el nombre de una canción de ese objeto único dentro del universo del rock que es el disco Trout Mask Replica, de Captain Beefheart, Piccolini asegura que lo que hacen no tiene nada que ver con esa música. Sí, son fans de Beefheart. Pero tienen más influencias musicales de grupos como Suicide o Velvet Underground, o solistas como Brian Eno e incluso John Lennon. “Claro que en nuestro lado más cancionístico”, aventura Picco. “Pero a veces terminamos sonando como Tangerine Dream”, exagera quien maneja los hilos musicales de una banda que hoy incluye a Gillespie e invitados como Fernando Samalea y el Sr. Flavio, de los Fabulosos Cadillacs. “Para Petti lo que hacemos es free acid rock, mientras que para mí podría denominarse new age para departamentos desordenados”, sigue sonriendo Piccolini, un bello desconocido ante la bestia mediática Pettinato, pero con una particular vida de músico que durante casi tres décadas lo ha llevado de manera azarosa –o no tanto– de un lado al otro del océano.

MI AGÜITA AMARILLA

Con apenas cuatrocientos dólares en el bolsillo y sin pasaje de regreso: así es como un veinteañero Guillermo Piccolini abandonó su hogar familiar en Grand Bourg y fue a parar a Madrid, como parte de la banda del legendario Javier Martínez y supuestamente para tocar con el no menos legendario Moris, que aún estaba viviendo allá. “Por supuesto que enseguida Javier Martínez desapareció, y que a Moris nunca le vimos un pelo”, aclara Picco, que terminó sobreviviendo comiendo arroz para gatos hasta que encontró algo parecido a un trabajo. “En Madrid no conocía a nadie, pero de casualidad descubrí el Casi Casi, un bar donde se hacían zapadas. Volví a casa a buscar mi sintetizador y crucé de vuelta la ciudad caminando: mi sonido torno causó sensación. Rápidamente descubrí que podía tomar todas las copas que quisiera, e invitar incluso a los que me acompañaban, pero tardé mucho tiempo en lograr que alguien me comprara un sandwich, que era lo que en realidad estaba necesitando.”
Corría el año 1985, y en la primavera alfonsinista aparecían bandas desde todos los rincones. ¿Qué hacía un joven con aspiraciones musicales yendo a buscar acción tan lejos de casa? “Es que desde Grand Bourg me quedaba más cerca Madrid que Buenos Aires”, bromea Piccolini, y al mismo tiempo lo dice bien en serio. “Necesitaba huir lo más lejos posible de mi casa”, apunta este hijo de dentistas que debía seguir el camino familiar. “De ahí los sonidos torno de mis sintetizadores”, asegura Picco, que terminó sufriendo primero el Liceo Militar, y luego estudiando Filosofía y Letras. Hasta que tuvo una iluminación: aprender a hacer con sus teclados lo que Robert Fripp hacía con su guitarra. No llegó tan lejos, pero logró un sonido tan particular que un día Javier Martínez tocó la puerta de su casa para invitarlo a formar parte de su banda. Aunque nunca llegaron a tocar en vivo, ensayaron bastante antes de seguirle los pasos hasta España, donde terminaría encontrando su destino.
Aquel descubrimiento providencial del Casi Casi en Madrid terminó en la formación igualmente azarosa de Los Toreros Muertos, una banda que se hizo ridículamente exitosa a partir de un tema supuestamente poco comercial de seis minutos de duración.
¿Qué clase de banda compone un tema llamado “Mi agüita amarilla”?
–¡Una banda de borrachos de bar! Ahí conocí a Pablo Carbonell, y lo que hacíamos era tocar dos veces por noche. En la primera entrada componíamos los temas frente al público, y en la segunda volvíamos a tocar los que más les habían gustado. Y la pasábamos todos bien, y el bar estaba siempre lleno.
Alguien creyó que esa fiesta podría ser grabada, empaquetada y vendida, y ese alguien tuvo razón. Los Toreros se transformaron en un éxito que se extendió durante cuatro discos en España (aunque “Mi agüita amarilla” sonó insistentemente en las FM argentinas, el grupo jamás cruzó el charco), y se separó sin culpa cuando se agotaron las ideas. “Por eso pudimos reunirnos hace poco, tan frescos como siempre. Porque nunca le vendimos al público pescado podrido. ¡O al menos demasiado podrido!”, se ríe Piccolini, y confiesa haberse sorprendido al descubrir que todos los proyectos en los que estuvo involucrado durante su larga vida musical siguen vigentes. Los Toreros Muertos han llegado al punto que se reúnen cuando tienen trabajo. Pachuco Cadáver está volviendo. Y Venus, la banda que tiene con su mujer Marina Olmi, jamás se separó. “Sólo me falta el proyecto solista”, confiesa Piccolini, pero lo dice sin apuro y sin ansias, casi como un científico señalando algo evidente. Y volviendo a su laboratorio, torno en mano.

EL HOMBRE ATLANTICO

La culpa de todo la tuvo Daniel Melingo, según recuerda Piccolini. Fue el ex Abuelos de la Nada, que por entonces formaba parte de Los Toreros Muertos, quien le presentó a Pettinato, un día libre que la banda en gira debía pasar en Barcelona. No eran buenos tiempos laborales para Petti, y la cosa empeoró al punto de que, cuando su mujer y sus hijos volvieron a Buenos Aires terminó viviendo en la casa madrileña de Piccolini. “De mirar juntos la televisión pasamos a ensayar”, recuerda Picco. “Un día volví avisando que había conseguido un show... ¡pero no teníamos nada armado!”
De entonces hasta ahora pasaron más de dos décadas, unos pocos shows en vivo, de uno y otro lado del Atlántico –nunca tocaron mucho los Pachuco– y apenas dos álbumes. “Este show de regreso lo íbamos a hacer para presentar la reedición de los discos, que hace tiempo están agotados. Pero en una movida típicamente Pachuco, esa reedición nunca va a suceder. Al menos por ahora. Pero el show sí”, se divierte Piccolini.
Empezaron a ensayar en diciembre, en un departamento vacío ubicado frente al Botánico, y desde la semana pasada ultiman detalles antes del show en el ND/Ateneo tocando a un volumen demencial en el último piso del edificio. En el péndulo de sus idas y vueltas de Madrid a Buenos Aires, ahora le toca andar por estas calles, como sucedió a comienzos de los ’90, cuando dejó España para sumarse al rock alternativo de aquella época. Si Melingo tocó con sus Toreros Muertos, Picco terminó sumándose a sus Lions in Love, y una vez acá llegó a producir el álbum debut de El Otro Yo, Dale aborigen de Todos Tus Muertos, componer junto a Andrés Calamaro la banda de sonido de Caballos salvajes, sumarse a Man Ray, formar Venus... Siempre desde un discreto segundo plano, sin necesidad de sacar chapa de nada, simplemente disfrutando de la magia de hacer música. “La caída de De la Rúa me encontró comiendo un sandwich de milanesa frente a Sadaic. Me fui hasta la Plaza a ver lo que pasaba, me encontré con la represión de la policía y poco después estaba volviéndome a España”, recuerda Picco, que se recibió allá de profesional de la música, trabajando con Alejo Stivel primero, y luego en publicidad. “Volví porque quiero volver a jugar”, asegura. “Porque no me había tocado la crisis. Aunque no dudo que con el tiempo lo hubiese hecho”, razona desde su lugar detrás de todos los teclados de Pachuco este hombre del medio del Atlántico, como le gusta presentarse, recordando un cuento de Tom Wolfe. “Fui y vine tantas veces, que mi lugar está ahí, en el agua”, calcula. “Pero ahora es un buen momento para estar acá”, remata con una sonrisa. Y vuelve a su sonido torno, a rockear con ganas sin reclamar estrellato alguno, y sin perder jamás la sonrisa.